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Amor incondicional

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¿Hablamos de amor? ¡Hablemos de amor!

Uno de los tipos de amor más importantes es el amor por nosotros mismos. Una de las dificultades para amarnos de forma incondicional e impoluta son las ideas difundidas por la sociedad, que han ido denigrando la conciencia de nuestro propio valor, que es intrínseco al simple hecho de que somos seres espirituales conectados a Dios. Ideas como “querernos a nosotros mismos es malo o egoísta” o “amar al prójimo y olvidarnos de nosotros mismos” minaron nuestra capacidad de ser felices y este proceso comenzó en la infancia.

Cuando éramos niños y, más tarde, en la adolescencia, aprendimos que gustarnos a nosotros mismos equivalía a ser egoístas o engreídos. Nos enseñaron a ser “buenas personas”, a anteponer a los demás a nosotros mismos y a pensar primero en los demás. Nos condicionaron a compartir nuestras cosas con los primos, los amigos, los colegas, sólo porque era de buena educación hacerlo, sin tener en cuenta nuestra voluntad. Habrás oído decir que de niño no tenías nada que decir, que tu opinión no era importante y que debías conocer tu lugar, un lugar lógicamente deducido por ti como inferior.

Los bebés nacen llenos de autoestima. Más tarde, de niños, se consideran bellos y tienen un sentido de la importancia bien fundado de forma natural. Pero a medida que se acerca la adolescencia, las ideas transmitidas por la sociedad ya tienen efecto y aniquilan la confianza en uno mismo y dan lugar a sentimientos de inferioridad e inseguridad. Después de todo, no es normal ir por ahí gustando. ¿Qué pensarán los demás? La sugestión es extremadamente sutil y las ideas, aunque no se transmiten con mala intención, se instalan. Las cortesías sociales forman parte de este condicionamiento que la sociedad considera un requisito necesario para entrar en el mundo de los adultos. Entre los niños, nunca se utiliza “por favor”, “si es tan amable”, “perdón”, “gracias” y otras fórmulas de cortesía. Sólo se utilizan para complacer a los ancianos. Instrucciones como “ve a saludar a tus tíos y abuelos” o “pide permiso para levantarte de la mesa”, entre otras, envían un claro mensaje de que los demás son importantes. Tú, como niño, no tienes importancia. Sugerencias como “no te fíes de tu propio criterio”, “eres un niño, no lo entiendes” contribuían a interiorizar la idea de que sus propias opiniones valían menos que las de los demás.

La generalización, como mecanismo de razonamiento humano, ha catalizado estas ideas hasta niveles que han hecho de la reversión de los valores erróneos de la infancia, una lucha que podría extenderse durante el resto de la vida.

Estas reglas, enmascaradas como normas sobre cómo vivir en sociedad, aprendidas en la infancia, persisten en la edad adulta dando lugar a todo tipo de inseguridades que inevitablemente se reflejarán en la vida amorosa. El amor que consigues transmitir a los demás es directamente proporcional al que sientes por ti mismo.

El amor incondicional, o el único amor que merece ese título, es la capacidad de permitir que las personas que amamos sean lo que quieran ser y se manifiesten de la manera que quieran, sin exigir nada a cambio.

Sin embargo, ¿cuántas personas, en pleno acuerdo con su conciencia, son realmente capaces de ponerlo en práctica? ¿Cómo se logra la hazaña de amar a los demás y al mismo tiempo dejarlos ser sin tratar de aconsejarlos o influenciarlos para que cumplan con nuestras expectativas? La respuesta es sencilla. Sin embargo, a veces sólo puede entenderse desde un lugar interior de libertad espiritual, desde un nivel superior de conciencia: amarse a sí mismo. Cuando te amas a ti mismo, automáticamente te consideras bello, atractivo, precioso, importante, indispensable y valioso. Cuando hayas reconocido lo maravilloso y digno de amor que eres, ya no necesitarás la aprobación de los demás ni dependerás de los juicios de los demás sobre tus decisiones y comportamiento.

Sólo cuando sales de un lugar donde te amas a ti mismo, puedes amar a los demás, puedes dar a los demás y hacer algo por ellos con una conciencia completamente diferente que cuando sales de tu necesidad de aprobación social. Comienza a amar a los demás desde un sentimiento de verdad, en el que ya no espera recompensas ni recibir gratitud y reconocimiento del exterior. Es algo de su libre iniciativa y no la iniciativa de un ego dominado por los patrones de la infancia. El placer que recibe ya lo siente cuando da, en el momento presente, sin anticipar su propio futuro. Entonces podrás pensar en los demás. No hasta que te ames de verdad… Si no te quieres a ti mismo y te consideras inútil, ¿qué valor tendrá el amor que intentas dar? Y si no puedes darla, ¿puedes recibirla? Aunque alguien cercano a ti sea capaz de darte amor verdadero e incondicional, no podrás recibirlo porque no te valoras a ti mismo y puedes acabar rechazándolo por tu condición de indigno autoimpuesto. El valor que tienes depende del amor que puedas sentir por ti mismo en primer lugar.

Incluso alguien puede amarte pero no podrás recibir ese amor porque, si no te amas a ti mismo, tu tendencia será desvalorizar tanto el amor que se te da como a la persona que te lo da porque haces una correspondencia subconsciente de que algo de valor se le da a alguien importante, de valor, y algo menos valioso se le da a alguien menos importante.

Cuando no te amas a ti mismo, tiendes a exigir, a utilizar trucos sociales para manipular a los demás. Por ejemplo, en las relaciones amorosas, cuando uno de los miembros de la pareja intenta reutilizar el amor del otro a través de las promesas que éste ha hecho, los contratos firmados, las alianzas, las personas, las situaciones, los acontecimientos y las cosas en común

La dificultad de decir “te quiero” también está estrechamente relacionada con este problema. Cuando uno no se ama a sí mismo, una declaración de amor tiene un peso enorme y un riesgo muy alto porque depende de la respuesta de la otra parte. Todo su valor se pone en juego cuando la persona, carente de amor propio, obtiene el valor (eventualmente) de pronunciar esta palabra. Si su intención no es recíproca, la persona ve una parte de sí misma perdida. Por otro lado, si la intención es emparejada sólo verás que tu dependencia del exterior continúa y puede dar lugar a una relación de codependencia, una forma de relación inmadura.

Sin embargo, si la palabra es pronunciada por alguien que se ama a sí mismo, entonces la respuesta no será tan importante ya que no está apegado al resultado. No estar apegado a un resultado que surja de una acción que uno ha emprendido es la verdadera maestría de la vida. Shiv Charan Singh, creador del sistema numerológico Karam Kriya, me enseñó en Sintra (agosto de 2010) que no es el desapego lo que debemos practicar sino el no-apego. El desapego implica la existencia de un daño que ya se ha producido y que ahora estamos en modo de limitar el daño. El desapego, a su vez, es preventivo.

Alguien que se ama a sí mismo no tiene ninguna dificultad para decir “te quiero” porque parte de un amor que ya tiene y que no puede perder, de un amor que viene de sí mismo y que se permite tener y que, por tanto, no necesita del exterior. Si no obtiene la respuesta deseada, aunque no depende de ella, su valor permanece intacto. Ser correspondido o no no influiría estrictamente en nada en la forma en que uno se ve a sí mismo y en la importancia que se le da. Quizá querías que la otra persona coincidiera contigo, pero no es esencial para ella.

¿Cómo conseguir este estado? Una de las formas era haber nacido en una sociedad formada por seres espiritualmente iluminados. No es que dependieras de ellos para condicionarte al amor a ti mismo porque eso ya lo tienes de nacimiento, sino simplemente para que estos seres sabios, al no hacer nada, te dejaran intacto el autoestima con la que nació, justo lo contrario de lo que hace la sociedad actual: nace con alta Laautoestima y elamor propio los condicionan para “integrarlos” como adultos en la sociedad, rebajándolos con “buenas intenciones” para “domesticarlos”.

Otra forma, no necesariamente la única, es la práctica espiritual. O
Reiki
es uno de los mejores ejemplos.

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